Donde había peligro o violencia, siempre estaba «El Mon».

La leyenda negra de Ramón Arellano Félix fue labrada a base de derramamiento de sangre y hoy hace 20 años terminó en una balacera en pleno Carnaval de Mazatlán.

«En el 89 o 90 estábamos en Tijuana sin tener nada que hacer, y (Ramón) nos decía: ‘Chingue su madre, vamos a matar a alguien. ¿Quién tiene broncas con alguien?'», aseguró su pistolero Alejandro Hodoyán.

«Pasaban los coches y preguntaba a quién conocíamos. El indicado, aparecía muerto en una semana».

Ramón Arellano nunca pisó la prisión, a diferencia de sus hermanos Benjamín, Alberto o Francisco, y logró imprimirle al Cártel de Los Arellano el sello de la violencia sistemática.

Ejecutó y mandó matar a funcionarios de la PGR, magistrados, procuradores estatales, abogados, compañeros de «trabajo» y familias completas. Paradójicamente, algunos de sus conocidos lo describían como una persona «simpática, carismática e inteligente».

Llegó con su familia a Tijuana a principios de los 80, cuando Miguel Angel Félix Gallardo controlaba el tráfico de drogas en México.

Su grupo logró consolidarse después de la captura de «El Jefe de Jefes» en 1989, aunque libró una batalla cruenta contra Joaquín «El Chapo» Guzmán y Héctor «El Güero» Palma.

Su estrategia fue enrolar a jóvenes de clase media acomodada que recibieron el mote de «narcojuniors». También logró contar con un grupo de choque conformado por delincuentes del Barrio Logan, de San Diego.

Con el homicidio del Cardenal Juan Jesús Posadas, en 1993, Ramón se convirtió en uno de los más buscados en México, con una orden de arresto por narcotráfico y uso de armas prohibidas, y otra en la Corte del Distrito Sur de California por importación de cocaína y mariguana.

Uno de los golpes más duros para el Cártel de Tijuana vendría el 10 de febrero de 2002. Era día de carnaval en Mazatlán.

Jorge Pérez López -como decía la credencial de la PGR que llevaba- esperaba en un restaurante a que lo recogieran sus cómplices.

Todos sabían a qué iban: asesinar al ‘Mayo’ Zambada. Pero Pérez López vestía como si fuera a la playa: camisa a cuadros café y bermudas beige.

A bordo de un vocho blanco, Manuel López, al volante, y Bernardo Rochín recogieron a Pérez López, quien ordenó que fueran a buscar a su objetivo a una sucursal de la heladería Bing.

Como no lo hallaron, Manuel se alejó del sitio, pero entró en sentido contrario por la Avenida Rodolfo T. Loaiza, en donde se encontraron con una patrulla de la Policía Ministerial.

Los agentes le pidieron a los del automóvil compacto que se detuvieran, sin embargo, éstos no hicieron caso y siguieron avanzando hasta el estacionamiento de un hotel.

Ahí, los tres bajaron del coche; Manuel López empuñaba un AK-47, mientras que Pérez López llevaba una pistola calibre .45.

Ambos corrieron en la misma dirección, pero al verse rodeados por los policías regresaron por donde habían venido.

Pérez López se encontró con el agente Antonio Arias.

-¡PGR! – gritó exhibiendo la tarjeta que llevaba.

El agente Arias bajó su pistola y fue en ese momento en que Pérez López le disparó.

Luego, la versión oficial indica que el agente Arias, malherido, alcanzó a disparar contra Pérez López, pero una reconstrucción de hechos realizada posteriormente demostró que eso era técnicamente imposible, pues la bala que mató al supuesto agente de la PGR le entró por la nuca.

Tanto el ministerial como el falso federal quedaron tendidos, uno cerca del otro, y no sería hasta casi un mes después que se corroboraría por medio de exámenes de ADN que Jorge Pérez López era en realidad Ramón Arellano Félix.

La balacera no sólo aportó a las autoridades la muerte de «El Mon», sino también abrió líneas de investigación que vincularon al Cártel de Tijuana con la masacre de El Limoncito, la muerte de dos magistrados y la ejecución de un agente de la Federal Preventiva.

Asimismo, cuando Ramón murió, cargaba un teléfono celular en el que guardaba varios números. Varios de ellos dejaron al descubierto su relación con agentes y ex agentes de la PFP, como el caso de Sergio Reyes Cruz, elemento activo de la Federal de Caminos en el tramo de la Cruz de Elota, así como de Marcos Assemat, quien presuntamente perteneció a la misma corporación.

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