Todos tenemos nuestros asombros. A algunos les maravilla que existan los aviones, las construcciones centenarias, los prodigios de la ciencia médica, obras de arte, hazañas deportivas. A mí, además, siempre me ha asombrado tener un periódico en casa cuando me levanto en las mañanas. Si bien tendemos a acostumbrarnos a que el periódico llega, o existe renovado al abrir una página digital, reflexiono sobre todo lo que hay detrás para que suceda cotidianamente, el equipo humano que sostiene la labor periodística es notable. No sólo están los reporteros, fotógrafos, editorialistas, editores, que en cada número hacen borrón y cuenta nueva, también hay corresponsales, diseñadores, todo el equipo de técnicos y operarios de las prensas, los administrativos, el área comercial, vigilantes, y por supuesto repartidores y voceadores (estoy seguro que involuntariamente dejé algunos fuera de la mención). No sé a ustedes, para mí es una labor notable, tan sólo como empresa y producto.

Si además analizamos el impacto social de un diario, su relevancia aumenta. La observación, investigación, revelación y difusión noticiosa de interés público es un contrapeso de las diferentes fuerzas que existen en una sociedad. La importancia es mayor en un contexto como el de México, con elevada inclinación al autoritarismo gubernamental (del Ejecutivo federal), y a una sociedad que en general (subrayo: en general) desprecia la ley. Desde el punto de vista de la psicología del comportamiento, conocer los factores que inducen conductas facilita el uso de medidas a modo de contrapeso; un buen periódico ayuda a inclinar la balanza moral al lado correcto. Antes de exponer cómo, entendamos un aspecto de la vulnerable conducta humana.

Sigo generalizando: el ser humano tiende a justificar sus acciones deshonestas. Creamos una puerta moral desde donde nos salimos de la zona de lo no debido, para entrar en un territorio de confort ético. Aunque no he encontrado evidencia de que exista una especie de índice de «capacidad justificadora» entre países, sería interesante medir la flexibilidad moral de los individuos que forman determinada cultura. En mi opinión, los mexicanos somos proclives a negociar la ley, dicho de otra forma, estiramos los límites para que determinada acción (usualmente indebida) caiga dentro del territorio legal. Es como si pudiéramos mover la línea que delimita una cancha, de modo que una pelota que picó fuera, ahora está adentro.

Nuestro lenguaje nos delata. Usamos diminutivos cuando pedimos (en el mejor de los casos) permiso para estacionarnos en zona prohibida: «Nada más tantito». Creamos nuestro propio territorio gris, el «tantito» es la subjetividad mexicana de la conducta. Nos dan permiso, nos damos permiso: luego entonces no estamos infringiendo la ley. Solucionamos así un conflicto ético. Abusar de estas acciones convierte al cumplimiento en una excepción.

Al revisar bibliografía sobre conducta humana y las fuerzas que la afectan, encuentro un modelo creado por varios investigadores, llamado «Revise», acrónimo de reminding, visibility y self-engagement. Extrapolo esto a lo que hace un buen periódico para influenciar la conducta de gobernantes y ciudadanos: recuerda, visibiliza y auto-compromete. Recordar implica que hace énfasis en delimitar el territorio entre lo legal y lo ilegal, blancos y negros, para borrar los grises. Visibilizar equivale a dar a conocer lo que alguien quisiera que quedara oculto o en el anonimato (ésta es una de las razones por las que las cámaras de videovigilancia y la advertencia de su funcionamiento, son inhibidoras del delito). El auto-compromiso aumenta la motivación del individuo para sostener su imagen positiva ante los demás, genera un compromiso personal, público. Si bien un periódico no tiene un mandato constitucional para hacer todo esto, en la práctica así funciona.

Si cuando desaparece un periódico es como si la sociedad perdiera una parte de sí misma, cuando cumple 100 años debe ser motivo de beneplácito. Ayer hace un siglo, se publicó el primer número de El Sol, que con el tiempo se transformaría en lo que hoy es El Norte, Reforma, Mural y Metro. Me enorgullece aportar un grano de arena en una enorme playa de esfuerzo, talento y compromiso.

  • Eduardo Caccia

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